No sé de donde viene exactamente la tradición pero lo cierto es que las fiestas del carnaval en realidad dan inicio al año. Parece ser que en el acerbo popular las decisiones más importantes que uno toma se postergan hasta después de los carnavales. De ahí la famosa anécdota del presidente que ordenó continuar con los carnavales mientras Chile se nos metía a las fronteras y nos quitaba nuestra salidita al mar. No le tiramos pelota al hecho porque estábamos en pleno carnaval y seguro que nuestros antepasados la pasaron bomba. Y así a lo largo de los años mantenemos cierto apego a respetar el carácter intocable del carnaval. Yo escuché algunos amigos decir que necesitaban una operación médica urgente pero se la harían recién después de carnaval. “Después del carnaval dejo el trago, hermano” me prometió alguno. Y no faltó quien esperó hasta el final de las carnestolendas para casarse con la mujer de sus sueños. “En virtud de toslendascarnes”, le dijo.
Un connotado cientista social afirma –con un dejo de malicia- que los carnavales son en realidad la máxima exacerbación y deleite de todos nuestros orificios. Colores, sabores, aromas, música se introducen a nuestro cuerpo por los sentidos y eso nos causa enorme placer. Claro que el placer está también en introducir cosas en los orificios ajenos, te guste el lado que te guste, cada quien a su propia cuenta y riesgo. Y es que el carnaval es la fiesta que materializa el exceso, dicen los sabios que de esta manera, trasladamos a un plano simbólico la noción de la abundancia, sueño de los pobres, y así el carnaval consiste en burlar la cotidiana y dura realidad (la de la escasez) y proyectar en el exceso una forma de ser –por unos días- felizmente derrochador de placeres materiales y espirituales.
Vistas las cosas de este modo, hasta suena sensato hacerle un guiño a la prudencia y el buen comportamiento y dejarse llevar por el magnetismo exhibicionista de los carnavales. Total, si las culturas populares -tradicionalmente pobres- encuentran en las fiestas del exceso la manera de burlarse de la pobreza y, de paso, reducen las jerarquías sociales haciendo gala de la sátira, convirtiendo la crudeza en motivo de burla, desahogándose en el furor del baile, permitiéndose lujitos que en otras circunstancias les serían prohibitivos y, claro, chupándose la madre… ¿Quiénes somos nosotros para negárselo? Eso es cosa del pasado. Sé, de buena fuente, que un presidente setentero prohibió o restringió las fiestochas carnavaleras. Tendría sus razones, el buen hombre. Y la principal de ellas es que era un dictador de una época donde los dictadorcillos latinoamericanos hablaban a nombre del orden social y la moral pública, obligaban a los jóvenes a cortarse el pelo y a las jóvenes a no usar minifaldas. Y claro, prohibían la fiesta del exceso. Hijos de puta que se creían portadores de la verdad absoluta y hablaban a nombre de todos.
Gracias a dios que esas épocas ya pasaron. Ahora vivimos en el más amplio sentido de la convivencia social. Somos tolerantes con todos los tipos de diversidad que existen entre las personas y con todas las prácticas culturales que forman parte de nuestra totalidad. Podemos expresarnos libremente y manifestar nuestras opiniones sobre cualquier tema y nadie va pedir tu ejecución pública. Noooo, esas épocas ya pasaron. La verdad es que vivimos en la democracia más absoluta. Y claro, ya nadie anda por la vida reglamentando tu vida privada ni diciéndote hasta qué hora puedes salir, cómo te debes vestir, o qué no tienes que hacer para no ofender la moral pública y el orden social. Es más, respetamos tanto el derecho a la privacidad de la gente que los medios de comunicación no se meten en tu vida privada, no hacen grandes escándalos sobre “inconductas” de “autoridades” y no están vigilantes de lo que la “gente pública” haga o no con su culo.
Y la cultura democrática de la que gozamos ha cambiado nuestra mentalidad de ciudadanos. No nos preocupamos por cómo viven nuestros vecinos, no hablamos mal de la gente, en las oficinas públicas no se chismosea todo el tiempo sobre si el talcito se acuesta con la fulana o no forma parte de nuestro acervo meterse en las relaciones afectivas de los otros. Vivimos en un paraíso de la madurez acorde a los lineamientos propios de una sociedad moderna y tolerante. Podemos afirmar, con mucho orgullo, que hemos dejado de ser una sociedad prejuiciosa, acartonada, pueblerina, chismosa, pseudomoralista, hipócrita y mentirosa. Y así como vivimos en plena paz y tranquilidad y hemos superado nuestro problema de pobreza endémica, como nadie tiene que vivir de acuerdo a la moral de unos cuantos y no estar todo el tiempo pendiente de qué van decir de ti, como podemos salir a distraernos donde sea sin que corras el riesgo de ser arrestado, expulsado, clausurado o reprimido, el carnaval de nuestros pagos es de los más distendido. Si hasta parece Navidad por el gran despliegue de sana alegría que allí se vive.
Pero ese chiste cuéntenselo a otro analfabeto, queridos hermanos, porque la maldita cosa hemos avanzado en cultura de la tolerancia y convivencia democrática. Si la gente se sigue excediendo en los carnavales es porque el resto del año vive fusilado por el prejuicio, el racismo, el machismo y el moralismo puto. Ley de la compensación simbólica llamamos a eso en ciertos ambientes “nice”. Pero es la verdad, aunque no la queramos reconocer. Todo, desde la troglodita práctica de tirar globos hasta los deliciosos excesos de comida y bebida que configuran el escenario carnavalero, significan algo más que una pinche tradición que hay que combatir. Son testimonio rotundo de una sociedad oprimida en varios sentidos y, universalmente, esas opresiones se compensan con el derroche del carnaval, desde la edad media según Bajtin, que era ruso pero muy capo. Así que, o aceptamos las cosas como son o seguimos fungiendo como defensores de la “moral” hipócrita propiciando leyes y estableciendo códigos que igual, ni arreglan ni reducen nada. ¿A quién vamos a engañar? Estos carnavales ¿quién inventaría, no?
Y qué te parecen las coplas de nuestro presidente? A ver, porque bien parecido al caso tuyo. Mirá, ya se que vas a decir que el Evo no le cantó a TODAS las mujeres, solo a las ministras.
Jake,I have enjoyed your pictures all week, but I must say they are not as nice as your two wedding albums. Great, beautiful job Jerome!
Oups, I like IT!…
[...]Any lady that is predicated upon a guy for monetary or emotional security is surroundings herself up for failure and disappointment. Men do now not need a totally grown youngster, they want a sturdy, unbiased lady. [...]…