El término escatología tiene en español dos acepciones. Una referida a la trascendencia religiosa de la muerte, los misterios del juicio final, infierno y gloria, esas cosas. Por ahí leí que la manera correcta de escribir este concepto con estos significados debería ser “esjatología”, por venir de no sé qué palabras griegas y además, sobre todo, porque así se la diferencia de su otro significado. Aquel referido al estudio de las heces. Escatología, desde el punto de vista de la fisiología, se refiere al noble arte de estudiar los excrementos. Aunque no suena muy agradable la idea, deben existir expertos escatologistas que se divierten científicamente hurgando en los desperdicios. Cada loco con su tema. El hecho es que ambas acepciones del término en cuestión pueden suscitar tremendas confusiones.
No sin cierto dejo de reclamo, un jesuita llamado Leonardo Castellani explicaba dicha peligrosidad en estos términos casi indignados: “Hay dos palabras morfológicamente parecidas en español: “escatológico”, que significa pornográfico —de skatós, término griego que significa ‘excremento’— y “esjatológico”, que significa ‘noticia de lo último’ —de éskhaton, ‘lo último’— las cuales son confundidas hoy día, por descuido o posdescuido o ignorancia o periodismo, incluso en los diccionarios; de modo que, risueñamente, el apóstol San Juan resulta un escritor ¡pornográfico o excremental! Yo hago buen uso; si el buen uso se restaura, mejor, si no, paciencia. Poco cuidado con nuestra lengua se tiene hoy día”. Debo decir que la voz de alerta del padre Castellani es altamente justificable pues, menudo lío que nos haríamos calificando a diestra y siniestra textos canónicos como escatológicos. No va faltar el perspicaz que diga que Hamlet es extremadamente escatológico en tanto todos sus personajes, al final, cagan.
El bueno de Fernando Savater no puede disimular su admiración al reconocer la destreza heroica de Borges que en un poema llamado La prueba de su tardío volumen La cifra, logra conjuncionar ambos significados del vocablo en una alharaca de genialidad. El poema dice así:
Del otro lado de la puerta un hombre
deja caer su corrupción. En vano
elevará esta noche una plegaria
a su curioso dios que es tres, dos, uno,
y se dirá que es inmortal. Ahora
oye la profecía de su muerte
y sabe que es un animal sentado.
Eres, hermano, ese hombre. Agradezcamos
los vermes y el olvido”
Y ya ven, las alegorías borgianas de su universo circular en que la vida y la muerte, escatológicamente se confunden, se alternan con la figura de ese hombre detrás de la puerta que, sentado, deja caer su corrupción. A buen entendedor, pocas escatologías. Pero para llegar a esos límites de la sutileza hay que ser Borges. Rabelais, en cambio, no deja cabo suelto en su escatológica manera de narrar las preocupaciones de sus gigantes Gargantúa y Pantagruel. Recuerdo un pasaje en que uno de ellos espanta a la comarca entera con el sólo poder sonoro que hacía mientras dejaba escapar su “corrupción”. Su gigantesca corrupción. Y sin lugar a dudas, Rabelais ponía tremenda atención en el nivel escatológico que debía tener esta magistral parodia pues pone en labios de Gargantúa este verso altisonante:
Mientras estaba cagando el otro día,
He olfateado la imposición que mi culo reclamaba,
otro bouquet atento yo esperaba,
que fuera más hermoso y empestado.
¡Oh!, ¡si me habrá divertido
esa chica que yo atendía mientras defecaba!
Durante ese tiempo, sus dedos, mi culo de mierda han protegido”.
El extraordinario Luis Buñuel, en su magnífico film El fantasma de la libertad, tiene también una escena digna de la escatología. Al invertir las convenciones sociales, el genio de Calanda propone que en vez de invitar a nuestros allegados a cenar en nuestras residencias, deberíamos invitarlos a practicar el acto de la defecación. Así, la mesa circular del comedor estaría rodeada, no por sillas, sino por vistosos inodoros en los cuales nos sentaríamos previo proceso de quitarnos los pantalones y las faldas y emprenderíamos una amena sobremesa mientras cagamos de contentos. Esa idea de socializar nuestro proceso escatológico, se lo escuché también al Ojo de Vidrio, quien sueña con una biblioteca en su baño al cual pueda invitar a sus amigos para desarrollar tertulias literarias mientras aprovechan para alivianar el estómago en magníficos tronos de mármol. Debo admitir que, en lo personal, me avergüenza un poco la idea de estar en esas prácticas frente a otros tipos, en virtud –quizás- de que el empeño que yo le pongo a dichas artes es superlativo.
Lo que sí me parece buena idea es lo de la biblioteca, aunque creo que ésta debiera ser seleccionada cuidadosamente. Por ejemplo, el otro día me encontré en el recinto del fondo a la derecha con un libro de Balzac y la prosa feliz del francés alivianaba mis penas de estreñimiento con notorio sentido médico. Cosa que no me pasó, por ejemplo, con Lezama Lima cuyo barroquismo desquiciado me hizo pasar más horas de lo debido en la postura del pensador de Rodín sin que lograra satisfacer plenamente mi necesidad escatológica. Así como fuere, siempre existe la lectura liviana que sirve para momentos en que tu permanencia en el recinto sanitario no requiere de mucha concentración ni esmero. Aquí va una pequeña lista: Selecciones del Reader’s Digest, La casa de los espíritus de Isabel Allende, Veinte poemas de amor… de Neruda, Paulo Coelho, Obras completas, pasé ratos verdaderamente escatológicos leyendo a un tal José A. Gil, en fin… cada lector debe también poder seleccionar aquello que les resulte particularmente execrable, pornográfico y/u escatológico.
Como sea, parece que el tema escatológico (y no el esjatológico) no constituye un tabú como se podría pensar. Aunque normalmente no hablamos en público de ello por considerarlo grosero o fuera de lugar, tampoco es que esté ausente de las artes y hasta de las conmemoraciones. En Cataluña, por ejemplo, una de las imágenes más populares de los belenes o nacimientos o pesebres es el Caganer, muñequito que ya sea representando al aldeano o al futbolista, se encuentra en la postura escatológica dejando su recado y todo. Cualquiera se atrevería a pensar que tener una figura tan incorrecta e irreverente adornando los pesebres navideños sería una herejía, pero parece que en Cataluña se cagaron en las convenciones. Quizás por eso, me resulta tan pertinente sellar el tema con un dicho extractado de la tradición familiar: “Caga el rey, caga el papa, de cagar nadie se escapa, porque el culo no tiene tapa” 
estoy en una posición escatológica disfrutando tu artículo….buenisimo
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